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Viernes, 9 septiembre 2016

Cuando el tango estaba vivo de verdad

Cuando el tango estaba vivo, vivo de verdad, la gente bailaba en los patios de las casas, en las calles. El bandoneón y la guitarra sonaban por todo el barrio. Era cotidiano. Ese fue el tango que le tocó al bandoneonista Rodolfo Mederos, con el que creció en la provincia argentina de Entre Ríos.
 
El que eligió cuando aún estudiaba biología así como se debería elegir siempre: para estar mejor. El tango era la mejor forma que conocía para comunicarse con los seres humanos. Era el tango de los orígenes, es decir, más Eduardo Arolas, que Astor Piazzolla. Luego lo aprendió al lado de Osvaldo Pugliese, uno de los directores y compositores más geniales en Argentina. Fundó una banda de culto, gracias a sus aires de vanguardia, llamada Generación Cero. Tocó con músicos de otras corrientes, como Mercedes Sosa y Joan Manuel Serrat. Buscó, y sigue buscando, que la poética del tango trascendiera lo local. "Música y poesía en el tango son un maridaje muy bien hecho. Todo lo que dice la poesía del tango es lo que vive cualquier ser en cualquier lado del mundo. No sólo el hombre de Buenos Aires. Es lo que dice, no cómo lo dice. El tango habla de la soledad, del amigo, de la mujer".
 
Pero hoy el tango está en desuso para Mederos. No es cotidiano, como antes, sino el del turismo, el de los melancólicos. Es un elemento de exportación. Lo importante es que "no hay que traerlo de vuelta a la fuerza, sino entenderlo como una pintura terminada". No se pueden pintar nuevos trazos en la Monalisa. "Si esa obra está concluida lo único que hay que hacer es disfrutarla". Así, como cuando toca sus solos de bandoneón con los ojos cerrados, con gestos emotivos. Toca sin pensar en los críticos ni en la prensa. Quien importa es la gente que escucha. Lo que importa es lo que se siente. Mederos entra a las aulas donde ha dictado sus cátedras y se sube al escenario en festivales internacionales con el rol de custodio de la música que mejor conoce. Dice que su tarea es pedagógica. Es "contar lo que ocurrió para que se entienda, no para que vuelva a suceder".
 
Tal vez no forma parte de los optimistas del tango, pero su desesperanza no está en la música, sino en la sociedad. Hoy Mederos se siente en un mundo despersonalizado."Cualquier cosa es de cualquier lado. Ya no existe esa fragancia propia del barrio. La música se hizo industrial".Según Mederos, a los jóvenes apasionados por el tango les queda la tarea de ir al pasado a buscarlo para saber cómo era esa espesura, esa temperatura. Esto es muy complicado, asegura. Él aprendió de esos músicos del pasado sin darse cuenta cómo, porque tocaba con ellos. Los jóvenes ahora no tienen ese privilegio. Acaso podrán volver a los discos, como un archivo de documentos, para escuchar a Troilo, a Pugliese y a tantos otros. Luego estos "jóvenes honestos" deberán convivir con eso -o con ellos- en soledad, aunque luego se reúnan con otros músicos, y, quizá, descubran cómo reconectar la cadena de transmisión cultural que se rompió. Pero no repitiendo lo que pasó, sino liberándose de eso. Y es la sociedad la que da los elementos para hacer las cosas.
 
Así que para el músico el problema no está en el tango, sino en la raza humana. Para este bandoneonista la música honesta ocurre porque hay elementos que lo propician, como una generación que le permite una evolución, que le transmite la información a la siguiente generación a través de las vivencias más que de las aulas. Es como aprender más "viendo bailar a mi viejo", que aprendiendo una técnica en la academia.

El Pentagrama de El Espectador
* JULIANA MUÑOZ TORO

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