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martes, 7 enero 2020

Camerata RCO: de la euforia a la contemplación

Al morir, a pesar de que solo tenía treinta y un años, Franz Schubert ya había compuesto más de mil piezas entre sinfonías, óperas, música de cámara y sonatas para piano. Pero Schubert no contó con suerte: compartió época con Beethoven, quien murió un año antes que él, y su único concierto, aunque alimentó su reputación, fue sobrepasado tres días después por el debut de Paganini.
A cambio, Schubert recibió la misericordia del futuro. Los compositores del siglo siguiente retomaron sus composiciones; su tumba, que estaba junto a la de Beethoven, se convirtió en patrimonio nacional. Hoy, incluso quien no ha escuchado su música, ha escuchado quizá su nombre. Esa podría ser una definición adecuada para “clásico”: aquel nombre que suena familiar, que es inevitable, pero del que se sabe poco o nada.
Los clásicos, por lo general, toman un estatus universal. Eso quiere decir que, aunque fueron compuestas en Viena, sus piezas sobrepasan los límites vieneses. Si, en el patio contiguo, una niña en Sudáfrica escucha de golpe una pieza de Schubert, es posible que la reconozca y la sienta con tanta facilidad como una joven en Noruega. Por esa habilidad que es casi exclusiva del arte, Schubert será comprensible y deleitable en los siete conciertos que dará la Camerata Royal Concertgebouw Orchestra en el Cartagena XIV Festival de Música.
Dirigidos por Christoph Koncz, músico principal de la Filarmónica de Viena, interpretarán El rey de los elfos, Margarita en la rueca, la Sinfonía n.° 4 en do menor, la Sinfonía n.° 6 en do mayor, la Obertura en re mayor y la Sinfo - nía n.° 3 en re mayor. Hay otras piezas, en menor número, de Beethoven y Mozart, agrupadas junto a las de Schubert en seis programas distintos. El conjunto de cámara, que es una arista de la Royal Concertgebouw Orchestra de Ámsterdam, ha ofrecido conciertos en Corea, Rusia, Italia y Estados Unidos y ha grabado más de diez álbumes de estudio.
Según registró el New York Times, se presentaron sin cautela y con total éxito en un club musical neoyorquino que tiene el aspecto de un antiguo bar de jazz, y además uno de los integrantes principales de la orquesta, Tjeerd Top, grabó un álbum en el que adaptó temas como Stairway to HeavenyBo - hemian Rhapsody al violín. Ni el conjunto de cámara ni la orquesta son grupos clásicos: son grupos que interpretan clásicos.
Clásicos como el célebre Ave María de Schubert, que está en uno de los programas. Se trata de una progresión lenta, en aumento, con cuerdas y vientos. Es interpretada con tanto tacto y precisión, que tiene la capacidad de evocar tristeza, nostalgia e incluso decepción. Su interpretación recuerda que el romanticismo, el período en que clasifican algunas obras de Schubert, no es la coquetería pueril con la que dos personas se atraen, sino la respuesta amarga ante un mundo en ruinas.
Otra muestra de su capacidad interpretativa está en el Octeto en fa mayor, compuesto por seis movimientos. De cortes inclementes y abrumadores a fragmentos lentos y consoladores, como si el heroísmo se agotara de repente, la Camerata sabe cómo transitar de la euforia a la contemplación. Algo similar sucede con el aria de las Variaciones Goldberg de Bach, más recordadas por la interpretación al piano de Glenn Gould. La Camerata la adapta a un grupo reducido de cuerdas, sin pretensiones de grandeza, pero con la convicción de que tres o cuatro instrumentos bastan para abarcar el universo.
Sus versiones de Mozart suponen otro gozo. El Quinteto en do menor, por ejemplo, comienza con una abundancia imponente solo para acelerarse después, como quien augura un drama, y al final se ralentiza y se vuelve alegre. Para la Camerata parece sencillo controlar esa diversidad de tonos sin convertir la interpretación en una caricatura. Un conjunto así es digno de ser escuchado.

Fuente: El Espectador
 

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