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jueves, 14 noviembre 2019

Franz Schubert: el final prodigioso

Entonces, Schubert era conocido esencialmente por sus canciones maravillosas, que se habían publicado no solo en Viena sino en otras ciudades de lengua alemana, y por algunas piezas brillantes para piano que cautivaban a los músicos aficionados. Pero el gran público desconocía los aportes geniales y aún inéditos que ya había hecho a la música instrumental, como el Quinteto La trucha, el Cuarteto de cuerdas La muerte y la doncella, la Sinfonía inconclusa, y la Sinfonía en do mayor, llamada La grande.

Al final, la tarea de obtener el reconocimiento que merecía su genio no fue fácil ni exitosa. Por un lado, tras la muerte de Beethoven, a Schubert le restaban menos de dos años de vida, que pasaron bajo los padecimientos de la sífilis contraída en alguna noche helada del invierno entre 1822 y 1823. Y por otro, sus días transcurrían en un estrecho círculo de amistades, integrado por jóvenes artistas abandonados a la vida bohemia que, salvo excepciones, sucedía al margen de los estratos sociales más influyentes.

Los años creativos de Schubert, además, los vivió en una ciudad que mostraba dos rostros. Una que gozaba la buena vida y la diversión, y otra represiva, controlada por la policía del imperio de los Habsburgo, tras los destrozos de las guerras napoleónicas. El gusto de los vieneses, luego del conflicto, se había inclinado a una música destinada al entretenimiento (según el musicólogo León Plantinga, en una noche de carnaval de 1821 se realizaron en Viena 1.600 bailes privados). Así, la música que exigía un esfuerzo consciente del auditorio, como la de Schubert en su madurez, quedaba en un segundo plano. En ese contexto, uno de los principales escenarios de divulgación de las partituras de Schubert se daba en las tertulias festivas de sus amigos, que se reunían para celebrar el genio del compositor en unos encuentros que llamaban schubertiadas, en los que el músico mostraba sus logros más trascendentales, pero también piezas ligeras y graciosas.

Uno de los intentos por mostrarse en la ciudad como el heredero de Beethoven ocurrió en 1828, cuando ofreció su único concierto público en Viena, con un programa consagrado a sus obras. La fecha no fue elegida al azar: 26 de marzo, el primer aniversario de la muerte de Beethoven. Se vendieron todas las entradas en la sala de la Sociedad de Amigos de la Música, e incluso hubo público de pie para oír algunas de las creaciones extraordinarias de Schubert. El concierto produjo ganancias y generó comentarios entusiastas, pero el efecto se diluyó pronto, porque el célebre Niccolò Paganini, el violinista que, según decía la leyenda, había derivado su virtuosismo de un pacto con el diablo, comenzó tres días después una serie de conciertos que copó toda la atención de Viena.

Después de la desaparición de Beethoven, Schubert fue un torrente creativo, pero casi todas las obras mayores que compuso en esos meses enfebrecidos fueron publicadas luego de su muerte: dos cuadernos de Impromptus, las tres últimas sonatas para piano, dos tríos para piano, violín y violonchelo, el Quinteto de cuerdas, la última Misa, el ciclo de canciones del Viaje de invierno y las últimas canciones que concibió su ingenio, publicadas bajo el título del Canto del cisne.

En su cortísima vida de 31 años, Schubert llegó a convertirse en uno de los grandes músicos de la historia. Sus aportes al género de la canción fueron los más precoces y originales, porque a los dieciocho años ya tenía en su catálogo dos obras maestras: El rey de los elfos y Margarita en la rueca, ambas sobre textos de Goethe.

En el repertorio de piano, la música de cámara y la sinfonía, su maduración fue más lenta, destilada a partir de las esencias del legado de Beethoven, Mozart y Haydn, y de sus propia sustancia individual, que lo llevó a producir, en las primeras luces del romanticismo, unas obras de calidad superior, impregnadas de melancolía, expresión profunda, armonía original y lirismo desbocado. Para consolarnos de su muerte temprana, tras la cual fue sepultado al lado de Beethoven, tal vez convenga recordar una frase que Alejo Carpentier escribió sobre Schubert: “En los artistas que tuvieron una existencia muy breve se encuentran, a veces, esas riquezas terribles —casi excesivas para los débiles hombros del ser humano— que ya pertenecen al mañana. Es como si el destino, haciéndoles vislumbrar el futuro, quisiera reparar, en algo, la injusticia de un tránsito demasiado breve por el reino de este mundo”.

Fuente: https://www.elespectador.com

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